La plaga cíclica de topillos

Extraído de la web del Colegio Oficial de Ingenieros Agrónomos de Castilla y León y Cantabria

Autor: Fernando Franco Jubete.Dr. Ing. Agrónomo

Para los científicos, la explosión demográfica del topillo campesino (Microtus arvalis asturianus) cesará de la misma forma que se inició a partir del mes de octubre de 2006: por causas naturales. La benignidad del clima invernal, la elevada pluviometría y el alimento abundante han contribuido a la aparición de un “pico poblacional” en la Tierra de Campos (dispersado ya por otras comarcas) que desaparecerá también por causas naturales: la actuación de sus predadores y la incidencia de un clima desfavorable que provocará también carencias de vegetación y alimento. Desde que este roedor comenzó a colonizar las tierras más bajas de la meseta norte, procedente de las montañas de la mitad norte peninsular, ya han ocurrido, al menos en otras dos ocasiones (1988-89 y 1993-94), estas explosiones demográficas cíclicas que, según los zoólogos, se presentan cada 3-5 años en distintas especies, aunque suele ser un fenómeno demográfico típico de latitudes más altas.

Sin embargo, para la mayoría de los agricultores, representados por sus organizaciones agrarias, estamos sufriendo una plaga bíblica que es necesario erradicar rápidamente para evitar las pérdidas que está ocasionando en la agricultura y también los daños sanitarios que puede originar en la población. Este último fue el objetivo de la histriónica representación de un líder agrario junto al canal de riego con la jarra de agua con topillos en sus manos: extender el problema, implicar a la sociedad y provocar una respuesta, que no se produjo, del Presidente de la Comunidad en su discurso de investidura.

Para el anterior consejero de Agricultura ha sido un problema permanente al que ha dado dos respuestas equivocadas, para evitar la presión de las organizaciones agrarias. Nunca debió aprobar el tratamiento generalizado con clorofacinona, una barbaridad ecológica que no resolvió nada. Sus asesores se olvidaron de las buenas prácticas agrarias (los topillos sólo se controlan localizadamente en las toperas) y de los más elementales conocimientos técnicos (un producto químico de amplio espectro no puede tirarse de forma generalizada porque provocará un desastre ecológico) y originaron un serio enfrentamiento con las organizaciones ecologistas, que se excedieron en amenazas y denuncias. La segunda respuesta del consejero, justo antes de marcharse, fue la de dejar firmada la Orden AYG/1191/2007 de 29 de junio, por la que se establece el procedimiento para la valoración de las pérdidas de producción ocasionadas por esta plaga. Tanto por su contenido como por su plazo de solicitud de 12 días en plena campaña de recolección, la Orden ha sido valorada como una tomadura de pelo por las organizaciones agrarias.

En los últimos días, con el comienzo de la recolección, se observa que la plaga ha seguido dispersándose a comarcas limítrofes, que los predadores están haciendo su agosto adelantado (sorprendentes los grupos de cigüeñas esperando en los bordes de las parcelas a que las cosechadoras les ojeen los topillos) y que los topillos se recogen ahogados a millares en canales, arroyos y piscinas. Las causas naturales comienzan a actuar pero, dada la enorme población de topillos, es indudable que el agricultor tiene que hacerlo también, tanto porque es el único sufridor de la plaga y de sus daños económicos como porque nadie puede sustituirle. Por ello, es necesario que la sociedad lo deje actuar. Sabe perfectamente que los topillos pueden controlarse mediante la quema de rastrojos, el laboreo profundo, preferiblemente con vertedera, de todas las tierras afectadas y el tratamiento con cebos localizados en las toperas situadas en terrenos a respetar (ribazos, regatos, cerros, setos, arbolado lineal o bosquetes) y en alfalfares jóvenes. Sin embargo, las actuales normas sobre buenas condiciones agrarias y medioambientales (como la Orden AYG/1039/2007 de 5 de junio) prohíben el laboreo profundo antes del 1 de septiembre y la quema de rastrojos. Por ello, la Consejería de Agricultura debe autorizar y regular excepcionalmente por razones fitosanitarias ambas acciones en los territorios de dispersión de la plaga, nada más concluir la recolección. Debe también establecer ayudas para la utilización de cebos (frescos o en bloques de parafina) únicamente localizables en las toperas, prohibiendo su dispersión generalizada. Y los agricultores, todos a una, a erradicar la plaga.

La insistente exigencia de las organizaciones agrarias, demandando actuaciones directas e inmediatas a la Junta para eliminar la plaga, parecen indicar que, en el fondo, siguen pensando igual que algunos agricultores que permanecen anclados en los mitos y creencias más popularmente folclóricos: que los topillos son seres creados en laboratorios y reproducidos por millones en no se sabe qué granjas ignotas para ser soltados, como alimento de rapaces, desde misteriosos todoterrenos y helicópteros. Consecuentemente los culpables son los que lo consienten, lo financian y lo ejecutan: “el Gobierno”, “Medio Ambiente”, “el ICONA”, “los ecologistas”. Superaron las rogativas con San Gregorio Ostiense, especial abogado contra las plagas desde el siglo XI, pero han caído en la mitología de la desinformación y el desconocimiento de los procesos naturales ecológicos y evolutivos. Una ofensa a la inteligencia que los propios agricultores deben combatir para no quedar en evidencia como colectivo.

(Puede completarse esta información con el artículo “Consideraciones científico-técnicas en relación a la campaña de control de la actual explosión demográfica de topillo campesino (Microtus arvalis) en zonas agrícolas de Castilla y León”, del que son autores Juan José Luque-Larena, Vittorio Baglione y otros.). VER ESTE ARTICULO